Lo que nos dejó el Mundial: la conspiración woke y el mito de la Argentina rebelde
Gastón Souroujon cambia la conversación con delay y mete el dedo en la llaga sobre cosas que discutimos hace muy poco pero preferimos olvidar.
por Gastón Souroujon
Una actriz porno libanesa, un actor que interpretó una película icónica de Tarantino y una cantante pop española entran en una pulpería… Podría ser el comienzo de un precioso chiste de salón, pero en realidad es uno de los capítulos más delirantes que nos dejó el Mundial de Fútbol, durante el cual distintas voces se levantaron para criticar a nuestro país, como si en el mapa del TEG actual no existieran países más racistas, belicosos y chauvinistas que nosotros (que conste en acta: sí somos racistas, que otros países lo sean más no nos absuelve). El segundo capítulo es aún más absurdo: algunos periodistas deportivos sobredimensionados y streamers trasnochados aseveran que nos encontramos ante un complot woke contra nuestro país, ideado por Rusia y con base de operaciones en Bolivia. Ante esto, incluso QAnon ha reclamado moderación y Los protocolos de los sabios de Sión parecen una crónica objetiva. No se rían, no sean malos… quizás Netflix ya esté comprando los derechos de autor de este relato, en donde, obvio, Griselda Siciliani tendrá un papel protagónico.

Me gustaría centrarme en el tercer capítulo de estos monólogos plurales que produjo el Mundial. Si la vertiginosidad con que las noticias transcurren ya lo ha enterrado, si me he tomado mi tiempo, sepan disculpar, tengo un apego al pensamiento con delay. Recién anteayer me puse a meditar sobre la respuesta que una persona especial me dio a mis 14 años (she told she worked in the morning and started to laugh). El personaje de este capítulo es el streamer Pedro Rosemblat. No me detendré en los dichos que generaron más agitación en el debate público, a saber: “Prefiero a cualquier argentino, gorila o libertario, que a un progre español o zurdo chileno”. No solo porque me colocan en las antípodas, ya que, puestos a escoger, prefiero a Bob Dylan antes que a Chano Charpentier, a Thomas Mann antes que a Federico Andahazi y el whisky escocés antes que el nacional. Sino porque sospecho que esta afirmación es producto de la necesidad de provocación constante y de llenar con palabras un tiempo demasiado prolongado. Aunque también presiento que el modelo nacional popular palermitano es más nacional que popular, y decanta más por la poesía de Ricardo Iorio que por la de Luis Alberto Spinetta. Sabemos que las identidades son pluridimensionales, y no será la primera vez en la historia del vector izquierdo del arco iris político en que la dimensión nacional prevalece sobre la ideológica.
Me quiero detener en su posteo viralizado después de la derrota en la final. Publicación que no reproduciré en su totalidad, pero que el lector puede encontrar a solo un clic de distancia. El posteo comienza con un relato que conecta con el nacionalismo señalado en la frase anterior, sugiriendo una lectura del mundial en la cual distintos países estaban obsesionados con nuestra derrota, la Argentina como un John Rambo, sola ante el sistema internacional que esperaba verla caída. Relato que, curiosamente, tiene algunos contactos con las fantasías conspirativas que hemos comentado. Solo que el rechazo hacia nuestro país no vendría de la mano de un ataque woke a la supuesta defensa de los valores occidentales que Javier Milei y sus acólitos enarbolan, sino de una característica que definiría a nuestro equipo de fútbol como sinécdoque de nuestro ser nacional: la irreverencia, la rebeldía.
Y aquí quiero detenerme: ¿somos un pueblo atravesado por la irreverencia? ¿somos una nación intrínsecamente rebelde? Podríamos responder con la muletilla académica hecha para la ocasión: es más complejo. Pero me parece que el amigo Pedro (me siento su amigo ya que tengo pasaporte argentino) nos ha dado la excusa para profundizar un poco y responder: sí y no.
Empecemos con la respuesta afirmativa. En la década de los 80, Guillermo O´Donnell (el padre de la periodista María O´Donnell, aunque para muchos ella es la hija de él) escribió un paper titulado: ¿Y a mí, qué me importa?: notas sobre sociabilidad y política en Argentina y Brasil, en el cual señala que cuando un miembro de la elite le pregunta a un integrante de los sectores populares: ¿Usted sabe con quién está hablando?, en el país de la samba la reacción típica es el silencio y la sumisión, mientras que en Argentina se suele responder: ¡A mí qué mierda me importa! Una respuesta que no niega la jerarquía, pero la ridiculiza. Y acá se halla el carácter irreverente, acá el sujeto popular se juega la boca, pues no está mandando a la mierda a un vecino en su misma situación social, lo que no tendría nada de osado, sino que a la mierda se lo invita a aquel que social o económicamente se halla en un estatus superior. Lúcidamente, Guillermo señala que se enmierda la jerarquía. Nos guste o no, y por más que chillen los gorilas, este cagarse en las deferencias, este reconocer y luego borrar en una misma frase las jerarquías sociales, no puede entenderse en Argentina sin la aparición del peronismo y su promesa igualitarista, no necesariamente económica, pero sí social. A partir de su surgimiento, el cabecita negra (les advertí al comienzo que también somos racistas) trata de vos al médico, al abogado e incluso al gobernante. Si el carnaval supone la subversión de las posiciones sociales, es entendible por qué Brasil lo festeja con más ruido, pues solo por un par de días el noble y el villano. El prohombre y el gusano. Bailan y se dan la mano… El peronismo colocó a la Argentina en un carnaval irreverente permanente. Y, en esto, le damos la mano a Pedro, Argentina tiene una peculiaridad, su irreverencia.
El problema con el posteo de Pedro es que parece ir más allá de este dato cultural e inscribirse en el mito político que acompaña a nuestro país desde muy temprano. Por mito político entiendo una articulación secuencial de eventos que tiene como objetivo dotar de significación al presente. La mayoría de los países se erigen sobre un mito político que se va transformando a medida que los distintos interlocutores lo conjuran, aunque siempre alrededor de un núcleo duro perenne que permite a la sociedad particular reconocer el relato. Como lo explica perfectamente Hugh Grant (nuevamente, nuestro héroe en este lío) en la película Hereje, con el concepto de iterabilidad (la repetición y transformación a la vez de un significado, expresión cultural, etc. a lo largo del tiempo), en donde presenta el ejemplo de la regular canción de Radiohead, Creep, como repetición con cambio de la magnífica The Air That I Breathe, de The Hollies.

La afirmación de Rosemblat de una naturaleza rebelde argentina que desvelaría la cobardía de sus críticos tiene aroma al mito, que se articula a fines del siglo XIX, del carácter excepcional de nuestra nación. Período en el cual la resolución de los conflictos internos y el progreso material anclado en el modelo agroexportador alimentaban un optimismo, en algunas ocasiones teñido de euforia. Sobre estos cimientos comenzó a articularse el mito de un destino de grandeza que signa al país. Ese destino cruzó las distintas décadas con iterabilidad: desde el proyecto peronista de pensarnos como un país con un protagonismo internacional central bajo los No Alineados, hasta la visión de la dictadura militar de Argentina como potencia moral mundial. Desde las llaves de la puerta del primer mundo que el menemismo nos ofrecía, hasta la condena al éxito que Eduardo Duhalde nos prometía. Este mito también subrayaba el carácter excepcional de nuestro país en relación a sus vecinos. Argentina era un país europeo que había tenido un problema con su GPS. Luis Alberto Romero coordina un estudio sobre los manuales escolares en Argentina en donde muestra que por décadas primó la idea de una Argentina blanca, emparentada con los países noroccidentales, en contraposición a los países tropicales asociados a la población negra y los andinos asociados a los mestizos.
La Argentina como excepción se traduce en la versión de Rosemblat en el carácter rebelde que atraviesa la historia del país, desde un correntino con reuma (según sus propias palabras) que expulsa a los realistas españoles, hasta el Dibu Martínez usando la Copa del Mundo como gran falo. Queda poco de la excepcionalidad rebelde de nuestro país si traemos a la mesa a Sócrates (el brasileño, no el griego) y la Democracia Corinthiana contra la dictadura de su país, o las críticas recientes de Mbappé a la extrema derecha, para quedarnos en el universo del fútbol. Por otro lado, Pedro olvida que la rebeldía no tiene un color político comprado y, como nos advierte el historiador Pablo Stefanoni, últimamente se ha vuelto de derecha, si es que no lo fue siempre. Recordemos que para gran parte de mi generación el paradigma de la rebeldía era Mario Pergolini.
Resumiendo, comparto con el streamer su juicio sobre la irreverencia de nuestra sociedad, si la entendemos como el resultado de un proceso político cultural de largo plazo. Pero cuando el discurso amaga con presentarse como una nueva versión del carácter excepcional que acompaña a nuestro país desde su génesis, cuando hablan de un pueblo rebelde mientras, a un par de cuadras, los miércoles un grupo de jubilados protesta para asegurarse su reproducción biológica, cuando nuestra supuesta rebeldía se contrasta con la cobardía extranjera; yo nuevamente recurro al poeta andaluz y cambio de conversación.