Skip to main content

Transatlántico | Al final de este relato mueren los lectores

Perfil de Vladislav Surkov, el verdadero mago del Kremlin, que con su estrategia llevó Vladimir Putin a ser uno de los hombres más poderosos del mundo.

 |  Miguel Roig  |  Iceberg

Uno

Cuando Lady Di se estrelló en un puente de París junto a su pareja, Dodi Al-Fayed, muchos pensaron que podía ser el golpe de gracia a la monarquía. El índice de popularidad de la reina estaba por los suelos y el resto de la corte evitaba los medios para no incrementar la erosión. Fue Alastair Campbell, el spin doctor de Tony Blair, quien operó con una narrativa inesperada sobre ese escenario para revertirlo.

Nadie sabía muy bien qué era un spin doctor por la sencilla razón de que esos profesionales se movían en la penumbra del poder, pero el nuevo laborismo inglés de los años noventa trajo dos novedades. Una, pública y notable: la tercera vía de Anthony Giddens. Y la otra, también curiosa: el relato político como arma de distracción masiva. En ese sentido, Campbell fue un adelantado.

Antes, mucho antes de que cayera el bipartidismo en las principales democracias liberales de Occidente, antes incluso de que se rompieran las costuras de la propia democracia, como ocurre hoy, el equipo de comunicación de los políticos era opaco.

Casi nadie sabe quién fue el publicista David Ratto, el constructor de la narrativa de Raúl Alfonsín en 1983. La agencia de Ratto estaba en cinco esquinas, la confluencia de Libertad, Juncal y Quintana, en el barrio porteño de Recoleta. Algún creativo recuerda todavía ver desde su mesa de trabajo, a través de los ventanales, al candidato Alfonsín caminar por un piso del edificio de la vereda contraria, en largas conversaciones con Ratto. “Somos la vida” fue una consigna que surgió de aquellas charlas, una afirmación que contrastaba con el genocidio de la dictadura.

Muchos años después, la relación del expresidente Fernando de la Rúa con el publicista Ramiro Agulla tuvo mayor repercusión pública. Agulla fue quien escribió el guión del famoso spot en el que De la Rúa se disculpaba por su perfil bajo: “Dicen que soy aburrido, será porque no manejo Ferraris... [sic]”.

Alastair Campbell ganó popularidad por ser el responsable de gestionar aquella crisis de la Corona. La muerte de Lady Di provocó un movimiento popular basado en algo que hoy es moneda corriente en la narrativa política: la emoción como vector populista. Con multitudes dejando flores en Buckingham, Campbell decidió bautizar desde 10 Downing Street a la noble difunta como Princesa del Pueblo y, siguiendo los consejos de Sun Tzu en El arte de la guerra, usar con pericia la fortaleza del enemigo para controlarlo. De repente, era el Estado el que elevaba a la eternidad a la princesa Diana, poniéndose a la cabeza de los británicos. Del rechazo a la corona, Gran Bretaña pasó a la crítica, desde allí al comentario y enseguida al matiz, para terminar dando las condolencias a Isabel II. Al final, salió la reina a pasear entre la multitud y a conmoverse frente a las toneladas de flores acumuladas a las puertas del palacio compartiendo el dolor con el pueblo. El control del relato, para entonces, había cambiado de bando.

¿Hay algún antecedente de Campbell? Quizás James Carville, el primer nombre que aparece buscando espaldas narrativas de los mandatarios, ya que es autor de aquella famosa fraseIt’s the economy, stupid (Es la economía, estúpido) que repitió una y otra vez Bill Clinton en la campaña contra Bush padre, pero rara vez se asocia la consigna con su autor. Lo mismo pasa con Karl Rove, verdadero constructor de George Bush hijo, que, paradojas del destino, inventó las armas de destrucción masiva iraquíes que provocaron la caída del mismo Campbell, quien pudo salvar a la reina pero no a Blair de aquel disparate con epicentro en Irak.

Ninguno de estos creadores de relatos tiene la altura que logró el mago del Kremlin. No se trata de Santiago Caputo, por supuesto, el asesor de Milei a quien Carlos Pagni llama así para ridiculizar el rol del alquimista de la Casa Rosada. El mago del Kremlin es el hombre que consiguió llevar a Vladimir Putin mucho más lejos del lugar al que él mismo se había propuesto.

Vladislav Surkov y Vladimir Putin / Fuente: Atlantic Council

Dos

“¡Qué tragedias más espantosas provoca entre los hombres la realidad!”, le hace exclamar Dostoievski a Mitia Karamazov, cuando este busca dinero de manera desesperada para huir con la mujer que ama y a quien también desea su propio padre, el que luego será asesinado y Mitia acusado, sin serlo, de parricida. La realidad suele ser espantosa y así lo refleja la literatura rusa. Pero mucho más lo puede ser cuando un ruso, además de imaginarla, da otro paso y la pone en escena. Ese es el rol que asumió Vladislav Surkov al servicio de Vladimir Putin.

Surkov no piensa que la vida imite al arte como aseguraba Oscar Wilde, él ve la vida como un set en el que puede intervenir con todas las herramientas que facilita el arte para realizar una auténtica performance.

 

En El mago del Kremlin, el ensayista y sociólogo Giuliano Da Empoli, dibuja un perfil de Surkov que deslumbra. Surge como un artista bohemio, dramaturgo, director de escena, poeta y escritor que, poco a poco, va deslizándose desde la escena underground del Moscú de la perestroika a gestionar medios y acabar en la corte de Putin, manejando la narrativa política del Kremlin del mismo modo que un gestor cultural manejaría la programación de un centro artístico de vanguardia en una capital global.

Hace unas semanas se estrenó en Europa la película con título homónimo al libro de Da Empoli, bajo la dirección de Olivier Assayas, quien ya demostró su pericia para este género en el biopic del terrorista internacional Carlos. En la versión de Assayas, Jude Law hace una interpretación memorable de Vladimir Putin y se ilumina la relación del líder ruso con Surkov, pero el perfil complejo del consejero áulico del zar queda aquí apagado en comparación con el despliegue psicológico del personaje que revela Da Empoli en su obra.

Tres

Cuando Estados Unidos le vetó la entrada al país, al igual que hizo por entonces la Unión Europea, Surkov minimizó la prohibición argumentando que no hace falta ir a Nueva York para acceder, sin salir de Moscú, a lo único que le interesa de allí: la poesía de Allen Ginsberg, las pinturas de Jackson Pollock y las canciones del rapero Tupac Shakur. En un fantástico ensayo fotográfico de su despacho del Kremlin, disponible en un blog ruso, se pueden ver retratos de Putin, por supuesto, pero también de Obama, Borges, Lennon, el Che Guevara y, por supuesto, Tupac Shakur.

Si bien sus ensayos juveniles eran de arte conceptual, hace foco con lucidez cuando piensa en su país. Surkov, en la lectura que hace de estas décadas, ve tres estaciones por las que Rusia transitó para volver a encontrar su destino. La primera es la que atraviesa la perestroika en la que Mijaíl Gorbachov intenta encauzar a la vieja Unión Soviética en un proceso de occidentalización, a través de la instauración de una democracia liberal declinada en términos progresistas. Ese breve acto es desbordado por la orgía capitalista de Boris Yeltsin, que alcanza su apogeo de degradación con la exhibición pública de una escena que Putin detesta: Yeltsin, claramente beodo, desata la risa incontinente de Bill Clinton ante la audiencia global, en un acto en las puertas de la biblioteca Franklin D. Roosevelt de Nueva York. La llegada de Putin al poder es, entonces, la última y definitiva parada para el regreso del imperio. Ahí está Surkov para ayudarle a levantar las columnas del poder.

Cuatro

Boris Berezovski, un magnate de los medios rusos, propietario de la cadena televisiva ORT, donde Surkov controlaba la programación, es quien le presenta a Putin cuando este era el director de la FGS, la nueva versión de la antigua KGB. Ambos le convencen para que se presente a las elecciones y Surkov le acompaña en esa empresa para no separarse ya más del nuevo zar. Incluso, aún hoy, cuando parece distante del poder, ambos, Surkov y Putin, se escuchan respirar el uno al otro mientras el silencio crece dentro de los muros del Kremlin y los fantasmas cruzan los salones, como el de Berezovski quien, supuestamente, se suicidó durante su exilio en Londres.

Sólo un mes después de que Putin fuera nombrado primer ministro, Surkov comprende que está en el umbral de un nuevo tiempo imperial. Una noche de septiembre de 1999 vuelan por los aires varios edificios en distintas ciudades rusas, incluida Moscú, con centenares de muertos, presuntamente obra del terrorismo checheno. Según Surkov ese fue el “11 de septiembre” ruso, dos años antes del atentado a las Torres Gemelas. Cuando llegó con Putin al lugar de los hechos confiesa que vio la metamorfosis de un funcionario hasta entonces ascético, cuya presencia física se transfiguró para convertirse en un ángel de la muerte. Como Putin había dado la orden de bombardear inmediatamente al aeropuerto de Grozni, en respuesta a los atentados, los periodistas le preguntaron si esa acción no agravaría aún más la situación. «Golpearemos a los terroristas allí donde se escondan”, dijo Putin con voz acerada, “Si están en un aeropuerto, golpearemos el aeropuerto, si están en los cagaderos, y perdonen la expresión, iremos a matarlos en las letrinas». Esa noche, Surkov, vio surgir al zar.

Cinco

Así como Karl Rove desarrolló para George W. Bush el concepto “conservadurismo compasivo”, Surkov concibió lo que se conoce como “democracia soberana”, que no es otra cosa que un sistema bajo el control estricto del poder político que, en este caso, es el que se ejerce desde el Kremlin. Según el periodista Peter Pomerantsev, Surkov es un titiritero y entenderlo es entender no solo la Rusia contemporánea, “sino también un nuevo tipo de política de poder, una forma de autoritarismo mucho más sutil que las variantes del siglo XX”.

Dentro del marco de la “democracia soberana”, en la que en apariencia se mantienen las instituciones democráticas pero sin libertades democráticas, Surkov creó grupos juveniles pro-Kremlin, que se comparan con las juventudes hitlerianas, golpean a extranjeros y periodistas de la oposición y queman libros «antipatrióticos» en la Plaza Roja. También creó partidos de oposición falsos y se puede decir que es el artífice de la «política de la posverdad», con el fin de generar un estado de confusión dentro del cual es imposible hacer pie en una certeza. Hoy, a través de la estrategia de comunicación de Donald Trump, el planteo es conocido. Pero Surkov es el creador del método de emisión de muchos mensajes distintos al mismo tiempo para instalar la idea de que el gobierno puede adoptar casi cualquier política imaginable, lo que a la vez, en medio de la confusión, permite negarlo todo. Como buen hombre de teatro, Surkov pone en escena una comedia de equívocos en la que nada es lo que parece y cuesta discernir los hechos reales.

Seis

Su otro gran aporte a Putin, y puede que esa sea su gran tarea fuera de la vida pública rusa, es la conocida como “guerra no lineal”, de la que también parece ser autor. Cuando en Siria estalla el enfrentamiento entre la dictadura de Bachar el Asad y el Estado Islámico, Occidente se alinea para bombardear todos los focos del terrorismo islamita. Moscú, inesperadamente, interviene de manera intermitente en apoyo de El Asad pero sin significarse, con lo cual se torna difícil armar su marco estratégico. Esa confusión es una creación de Surkov, quien puede que esté detrás, hoy más que ayer, del guión ruso en Ucrania.

En una entrevista al semanario francés L’Express en marzo de este año aseguró que “Rusia se expandirá en todas las direcciones, hasta donde Dios quiera”. Con menos fervor pero no menor intimidación, augura que las proporciones de libertad y disciplinas de los sistemas políticos de Rusia, Estados Unidos y Europa convergerán si se atiende a su capacidad de supervivencia “frente a una presión demográfica insoportable procedente del sur”.

Como es de esperar, no admite abiertamente que Trump –y podríamos sumar la máquina de propaganda del Brexit que aún sigue viva– copió su metodología de comunicación para ganar el poder y conservarlo. Pero, como creador y teórico de la “democracia soberana”, rescata las confluencias entre el Washington del MAGA y el Moscú de Putin: el futuro no es de los globalistas sino de los patriotas; “si amas la democracia, aférrate a la soberanía”. ¿Dónde está Trump? Cerca de Putin, afirma: no lo ve junto a Macron.

Siete

Peter Pomerantsev aparca por un momento a los clásicos rusos y relee a Shakespeare, a quien siente muy cerca de las intrigas del Kremlin y de Moscú. Nos dice, como sabemos, que Hamlet finalmente termina con el triunfo de Fortinbras, el príncipe heredero de Noruega, que se apodera de Dinamarca. Pero, ¿y si todo ha sido una intriga impulsada por él? ¿Acaso sería el verdadero protagonista de la tragedia? ¿Los actores llegan para confundir a Hamlet? Moscú para Pomerantsev, no sin razón, es un sitio shakesperiano: espías envenenados, barones burócratas y oligarcas exiliados que planean revoluciones desde el extranjero y muchos encarcelados en la Torre. ¿Es Putin un Fortinbras? Lo que sí sabemos es que Vladislav se declara shakesperiano y que su novela best sellerAlmost Zero, que firma con pseudónimo, gira en torno al príncipe de Dinamarca. Una historia con crímenes, destierros, fantasmas y un perenne olor a podrido.

El relato de Surkov siempre es el mismo y las víctimas, al final, son sus obligados lectores: los rusos.


Latest Slideshows