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Modo Avión

Esta es la batalla del movimiento

Nueva edición de este newsletter donde empezamos sufriendo como pajueranos en San Pablo y terminamos hablando de los 50 años del Golpe de Estado de 1976. A moverse.

 |  Andrés Conti  |  Iceberg

1 Un viernes de marzo de 2026, a las 6 de la tarde, estoy en un túnel gigante bajo tierra en la Estación Sé del Metro de San Pablo, con decenas de miles de personas corriendo de la Línea 3 a Línea 1. La masa que -en el mejor de los casos- camina rápido en estas catacumbas del siglo XX crea una sensación que siento por primera vez despierto. Sí tengo un sueño recurrente con edificios enormes, moles tan altas como anchas, socotrocos de hormigón o ladrillo, en medio de descampados suburbanos. Son cubos de 100 metros por 100 metros, casi siempre en la noche, no se entiende bien si están habitados o abandonados. La primera vez que me encontré con el Mercado del Abasto de Buenos Aires abandonado, antes de ser shopping, hace más de 30 años, experimenté algo parecido (no tan fuerte). Un día nublado en Santiago de Chile me dio miedo la Iglesia de los Sacramentinos, pero más que nada por el entorno y lo gris del día. Igual, el pensamiento de ser un partícula insignificante en el universo, lo que debe pensar un astronauta que flota fuera de su nave espacial, nunca fue tan fuerte como en ese trasbordo de subtes. San Pablo me generó muchas veces ese tembleque -como de gato en alerta constante, que no puede descansar bien nunca- por el embotellamiento en el colectivo del aeropuerto a la estación de Barra Funda, el valle continuo y profundo de edificios de la avenida Ipiranga, el quilombo humano del comercio de porquerías a los gritos en las calles con olor a meo del centro histórico o intentar dormir sin ayuda química en un monoambiente en el piso 24 del Copan, un gigante de 1200 departamentos, 115 metros de altura, diseñado por Oscar Niemeyer; la estructura de hormigón armado mais grande do Brasil. Todo, absolutamente todo, en una escala que para un rosarino pajuerano como yo es casi lo mismo que aterrizar en la Luna después de equivocarse de bondi.

Edificio Copan / Fuente: ArchDaily en Español.
 

2 Fundada en 1554 por curas jesuitas, San Pablo pelea con el Distrito Federal mexicano el título de aglomeración urbana más grande América, con unos 22 millones de habitantes. Lo loco es como llega esta ciudad brasileña a tener este tamaño descomunal y transformarse en nuestra metrópolis global, la Nueva York a la que podemos aspirar los asalariados argentinos hoy, a dos horas y media de avión del polémico aeropuerto de Rosario. “Rio de Janeiro era la mayor ciudad del país al comienzo de la década de 1950, con 2.377.451 habitantes, casi 200 mil más que la segunda, San Pablo. Esa diferencia no demoraría en ser superada. En los diez años siguientes, San Pablo tuvo su mayor crecimiento poblacional, pasando de 2,2 millones de habitantes en 1950, a 3,8 millones en 1960, un aumento de más de 5 por ciento por año (para comparar, el crecimiento en la década de los 2000 fue de 0,8 por ciento al año. En 1954, cuando cumplió 400 años, San Pablo recibió como regalo el título de ciudad más poblada de Brasil”. Estos datos son de San Pablo en las alturas. La revolución modernista de la arquitectura y el mercado inmobiliario en los años 1950 y 1960, libro publicado en 2017 por el periodista Raul Juste Lores. Explica la complejidad de factores que transformaron a la ciudad en la meca de la arquitectura modernista: contexto internacional de posguerra, suba del precio del café, industrialización, capacidades de la población, decisiones privadas y estatales, azar y una combinación hermosa entre pensamiento colectivo e impulsos individuales. Mucha fe en que el futuro iba a ser mejor. Juste Lores tiene un canal de YouTube sobre periodismo urbano con el mismo nombre que el libro que está buenísimo, se los dejo en este link.

 

3 Puedo escribir horas sobre San Pablo pero voy a elegir lo que más me gustó y sigo: el barrio de Higienópolis es el sueño húmedo de las clases medias urbanas progresistas, la Brasilia de los emprendimientos inmobiliarios privados. Una sucesión interminable de edificios firmados por arquitectos extranjeros y brasileños que pensaron como nunca en las personas que iban a vivir ahí. La rentabilidad de la inversión estaba dada por el valor que agregaban a la existencia de los que compraban esos departamentos. Hoy es un barrio cheto inalcanzable para las clases populares. Pero qué lindo barrio cheto.

Edificio Louveira (Joao Batista Vilanova Artigas e Carlos Cascadi) / Fuente: Arquine.
 

4 Bueno, ya sé que me van a decir que es forzado comparar a una de las metrópolis más grandes del mundo con una ciudad intermedia como Rosario. Ponele que tienen en común un fuerte crecimiento demográfico en el siglo XX, la influencia decisiva de la burguesía local para su desarrollo inmobiliario y edilicio, sumado a porcentajes de pobreza parecidos (medidos con distintos sistemas, así que difíciles de comparar). La cantidad de habitantes de Brasil en general (unos 210 millones según las proyecciones actuales), y de San Pablo en particular, es una brecha insalvable para cualquier intento de cotejo. Abastecer ese mercado interno monstruoso ya es una base que dinamiza una economía industrializada, más allá de los vaivenes del mundo. De todas maneras, para un rosarino estar en San Pablo unos días es enfrentarse a la evidencia del movimiento como sangre que alimenta la vida de una ciudad. Personas que van de un lugar a otro, todo el tiempo y a toda hora, pasando de espacios privados a públicos, de viviendas familiares a descomunales edificios de oficinas, a comercios o a fábricas. Que caminan o usan autos, motos, bicicletas, transporte público y Uber. Algunas que comen en bares y restaurantes, van a los museos, al médico, que se encuentran con otras. Que duermen, comen y cagan en la vereda.

Lo concreto es que la economía, la seguridad, la salud mental, el sentido de la ciudad depende de que ese flujo se mantenga más o menos constante. La cantidad de cositas que se venden y compran al paso de esa masa que transita por la calle no se puede medir. Entrar en San Pablo me hizo acordar a la película Viaje Fantástico (1966), una que pasaban regularmente por la tele los sábados a la tarde, en los 80. Iba de un submarino microscópico tripulado por personas (entre ellas Raquel Welch) reducidas de tamaño que temporalmente ingresan al cuerpo humano de un científico para salvar su vida. Literalmente navegaban por el torrente sanguíneo como si fueran un glóbulo más, para llegar al cerebro y curarlo, antes de que el efecto reducidor se pase y volvieran al tamaño natural. Así de loco quedé, si si.

5 Ahora se van a fumar que explore esta metáfora de la ciudad como un cuerpo humano. La evidencia que te explota en la cara, la del movimiento de personas como flujo sanguíneo que mantiene viva a la ciudad, te hace pensar en qué sucedería si esos desplazamientos se reducen o se paralizan. Claramente, San Pablo no funciona como un cuerpo completamente sano, tiene muchísimos problemas/enfermedades producto de la desigualdad económica entre quienes la habitan. Ahora, si el movimiento se frena, la pregunta es: ¿para qué sirve la ciudad tal como la conocemos?

6 Una prueba de probeta de cortar el flujo de las ciudades la vivimos en la pandemia de Covid19. Fue un garrón y nos dio bastante cagazo, ya sabemos, pero siempre existía la noción de que la actividad y que los desplazamientos iban a volver en algún momento. En la mayoría de los casos fue así, pero sobran los ejemplos que esa “prueba” de la pandemia aceleró algunos procesos en los que el traslado de personas dejó de ser necesario, ya que el trabajo y el dinero fluyen cada vez más a través de canales digitales/electrónicos. En San Pablo, por ejemplo, los edificios de los bancos sobre avenida Paulista son monumentos al capitalismo: un coso gigante de cientos de oficinas con el objetivo principal de contar plata que sale o entra. Entonces, me pregunto: ¿Qué va a pasar con esas moles de hormigón cuando ya no tenga ningún sentido que alguien vaya a una oficina a contar plata que entra y sale? Ni siquiera el dinero ya es dinero, es solo un flujo de bits que no necesita que nadie lo lleve a ningún lado. Se mueve sin problemas, mucho más rápido que nuestro mejor velocista.

Avenida Paulista / Fuente: Sao Paulo Secreto.
 

7 A esta altura ya sabemos las consecuencias que tiene la falta de movimiento en el cuerpo humano, un organismo autodiseñado para moverse todo el tiempo y que fue creando a lo largo de su existencia sistemas y herramientas para evitarlo. Lo vemos en nuestros adultos mayores, en nuestros jóvenes, lo sentimos nosotros mismos. Inclusive inventamos formas y aparatos que nos sirven para simular que trabajamos con el cuerpo, intentamos reproducir en gimnasios y prácticas deportivas las condiciones que obligaban a nuestros antepasados a salir a cazar o mover pesos enormes para sobrevivir. Una parte de la población, quizás la menos favorecida por el sistema, sigue poniendo la fuerza de su cuerpo para vivir, pero no por elección propia.

8 Tengo poquísimas certezas y una de ellas es que todas las demandas no resueltas por el sistema de democracia liberal/capitalista van a caer sobre la ciudad en los próximos meses y años. Si le prestamos atención a quienes predicen el futuro inmediato, lo que nos propone el natural derrotero de los acontecimientos es cada vez movernos menos, hasta la inmovilidad total. La Inteligencia Artificial pensará por nosotros y se encargará de guiar a los robots que harán nuestro trabajo físico. Nosotros vamos a tener tiempo de dedicarnos a cosas más importantes (?). En el caso particular de Rosario, hay factores que colaboran con la falta de movimiento que son particulares y muy del presente: caída de la demanda comercial y laboral por crisis económica, inseguridad y problemas del transporte público. Pero -y acá está el pero- la ciudad parece tener un sistema inmunológico contra la parálisis que reacciona cada vez que hay una propuesta de encuentro popular. La necesidad de los rosarinos de salir a ocupar la calle cada vez que hay un evento masivo (el recital de Fito Páez o la marcha del 24 de marzo pasado, por poner dos ejemplos) es palpable. Por ahí, si estos acontecimientos macro que funcionan como anabólicos de movilidad forzada continuaran pero, al mismo tiempo, se distribuyeran esos esfuerzos públicos y privados en situaciones micro por toda la ciudad, para sostener el movimiento urbano de manera más constante, estaríamos ante un paliativo de esas enfermedades que nos paralizan. La pulsión de vida está latente, por más que las circunstancias apunten a dejarnos en coma. Y cada vez es más evidente que lo que los algoritmos necesitan es casi lo opuesto a esa pulsión de movimiento de las ciudades y las personas, así que te la regalo compatibilizar esas dos fuerzas. A lo mejor, lo que sirve para Instagram, TikTok o X no sirve tanto para la vida real. Sorprendente.

9 ¿Me tocará formar parte de la generación que verá morir a las ciudades? Esta es la batalla del movimiento: la de generar que los ciudadanos se muevan cuando el sistema promueve la inmovilidad. ¿Cuál es el sentido de la ciudad sin el movimiento físico, económico, social o político? ¿Lo único que tiene el sistema para ofrecernos en el futuro cercano es promptear IAs que hagan nuestro trabajo físico y mental desde la cama? ¿La opción es la esclavitud moderna de las plataformas de transporte y delivery?

10 Hace unos días se cumplieron 50 años del Golpe de Estado de 1976 y está lleno de información al respecto en todos los formatos posibles. Podemos ignorarla, escoger entre todo lo que hay disponible lo que más se parezca a lo que ya pensamos o desafiarnos a descubrir algo que no sepamos. Nunca la humanidad tuvo a su disposición tantas herramientas para hacerse el boludo y no hacerse cargo de las responsabilidades y, al mismo tiempo, la facilidad para descubrir algo nuevo. Cuando la mayor parte de la sociedad, por el paso del tiempo, ya no tiene experiencia personal sobre lo que pasó hace cinco décadas nos encontramos con un menú interesante de narrativas para no responsabilizarnos de esa tragedia provocada por los seres humanos, no por la naturaleza. De la misma manera, podemos quedarnos quietos contemplando como la ciudad se paraliza de a poco y se muere. Pero que se entienda: esta muerte no es natural. Los que tomaron la decisión de que estas cosas sucedan son seres humanos, como nosotros. La humanidad creó a la ciudad y la humanidad la matará o la hará revivir. ¿Nos movemos para inventar algo nuevo que nos sirva a todos o nos transformamos en simples espectadores de un final anunciadísimo?