
2 “Toda vida -insisto- puede llegar a parecer dramática si al narrarla se omiten ciertos detalles decisivos. Cuando se lo cuenta todo, cuando se subrayan ciertas situaciones, cualquier existencia parece volverse más vulgar y comprensible. Saber contar, entonces, no es más que aprender a distinguir y descartar aquello que no debe ser contado”, escribió Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) en un libro publicado en 1998 titulado La velocidad de las cosas. Son cuentos/ensayos que apenas esconden la trama de una novela autobiográfica. Cito a Fresán y ya sé que algunos lectores de esto me van a poner en la categoría de snob noventista. No les tengo miedo porque me parece que vale la pena. Vuelvo todo el tiempo a mis años noventa rosarinos en estos días en los que siento vivir en una versión guionada por Cris Morena de aquellos, que para mi fueron formadores y tristes. Hubo otros que la pasaron bien, no los juzgo.

3 La velocidad de las cosas se aceleró tanto que convivimos en un tiempo y en un espacio con economías distintas que a veces interactúan y otras no tanto. Entonces, la etapa del capitalismo de la producción, en la que alguien invertía en fabricar algo, le pagaba a unos trabajadores para que lo hagan y después vendía el producto para obtener su ganancia, parece en vías de extinción, salvo en los países ultra industrializados (entre los que, al parecer, no está el nuestro). Igual, las cosas se van a seguir fabricando, pero no acá y capaz que solamente trabajen los robots. A pesar de todo, los últimos estertores de la Argentina de la sustitución de importaciones todavía son una capa del sistema.
4 Otra capa es lo que en la década menemista nos querían vender como economía de servicios, hoy “de plataformas”: llevar o traer personas, productos o alimentos de un lugar a otro por un mínimo porcentaje de su valor, a demanda. O sino, promocionar desde las redes sociales algún producto (inclusive a uno mismo como producto) para que otras personas lo consuma en sus casas llevado por un delivery sin relación de dependencia directa.
5 La capa más reciente de este sistema no es en realidad novedosa, pero nunca tuvo tanta injerencia dentro de la economía real como ahora. Resulta que hacer Uber o Didi te destruye el auto, la competencia baja las tarifas y la ecuación no cierra tanto. Y resulta también que quienes ganan un dinero razonable como delivery son pocos: los que nunca rechazan un envío y trabajan más horas que las que tiene el día en un mercado al borde de la saturación. Ah, y además, el trabajo en blanco ya no te garantiza llegar a fin de mes. Pero ojo, estamos salvados: bienvenidos a la economía de la timba. No me refiero al Quini 6. Ni a las acciones, granos, bitcoins y todo tipo de derivados financieros con los que timbean los que tienen plata. Hablo de las plataformas de juegos, apuestas sobre cualquier cosa y créditos virtuales, con sus cajeros no virtuales, su cobradores humanos y sus deudas reales.
6 El condimento de todo esto, la sal que le da el sabor a este entramado, es el acceso al crédito no bancario por vía virtual/fintech con un solo clic, sin necesidad de demostrar capacidad de pago y con intereses estratosféricos. Desde antes de Cristo que este concepto se conoce como usura, una práctica “amoral” que hoy está completamente desregulada por ser “un acuerdo entre privados”.
7 Los párrafos anteriores fueron escritos a modo de ejemplo para poner un contexto en base a algunos de los temas que tocamos en Iceberg hace poco. Nuestro desafío siempre fue narrar la complejidad de este tiempo y este lugar. Ya era difícil cuando arrancamos hace dos años pero, apenas pestañeamos, se volvió peor. Establecimos entonces que la rapidez de los cambios económicos, sociales y tecnológicos obliga a la convivencia entre distintas capas de un sistema que a veces se tocan un poco y a veces nada. Pero no es sólo eso: la audiencia potencial -los posibles lectores de nuestros newsletters- es totalmente inasible. Sabemos hoy que convivimos en determinada región con personas que ven, a las dos de la tarde, por un canal de aire líder, la serie El Zorro, protagonizada por Guy Williams, estrenada originalmente en 1957, con dos barras a los costados de la pantalla porque el formato original no es compatible con los televisores actuales. Mete 4 puntos de rating al mismo tiempo que otros sectores de la población no saben cómo se prende una tv para ver un canal de aire. La volatilidad con que los distintos públicos abrazan la novedad de un medio o un formato es proporcional a la rigidez con la que otros sectores se aferran a lo que conocieron en su infancia o juventud.

8 Mientras escribo esto, Paulina, una compañera de trabajo, me muestra un reel de una inmobiliaria que arranca con un supuesto agente de bienes raíces que, con una bazuca generada por inteligencia artificial destruye una casa antigua en el centro de Rosario. El relato del supuesto corredor inmobiliario continúa destacando la pericia de sus bros, que lograron una excepción a las normas urbanísticas que les va a permitir edificar, en ese lote falsamente bazuqueado, un edificio con más pisos de los que normalmente se autorizan. En ese instante, gracias a la IA, crece en las ruinas del lote un render de un engendro genérico de proyecto de desarrollo inmobiliario que, directamente, me ofende. No voy a compartir el link a este video porque ya me enseñó Lucas Canalda que no hay que alimentar al algoritmo con basura, que eso es lo que quieren. Pero traigo la anécdota acá porque, a pesar de haber navegado el perfil de la empresa e investigado un poquito, no puedo confirmar si el reel está hecho en serio o es en joda, o si la inmobiliaria existe o no. Posta, no lo sé. El problema es que me pasa eso todos los días cada vez más seguido. A lo mejor mi destino de viejo gritándole a las nubes es inevitable.

9 La paradoja de pretender iniciar una conversación -dentro de las cabezas de las personas- que provoque un cambio de opinión sobre algo, a través de un texto escrito que, en la mayoría de los casos, será leído en un aparato diseñado para fomentar el consumo y la distracción, es brutal. Pero lo vamos a seguir intentando.
10 En la práctica de estos dos años entendimos que la forma de contar todo este bardo en el que estamos es de a una cosa por vez, tranquilos. Ya hay muchos medios que corren tratando de alcanzar la velocidad de las cosas. A nosotros no nos da el cuero. Lo que sí hacemos entonces es elegir qué contar y en eso tenemos dos criterios principales:
a) un tema o un hecho que aún no fue abordado por otros medios,
b) un enfoque distinto a lo que ya fue narrado.
Si no tenemos entre manos algo que cumpla alguna de estas dos características, no lo abordamos. “Saber contar, entonces, no es más que aprender a distinguir y descartar aquello que no debe ser contado”, como escribió Fresán. No se si hace falta aclarar que todo esto es subjetivo, pero bueno, es lo que hay
11 Por último, algo muy personal: en el patio de la casa de pasillo donde vivo hay un limonero. Hace ya un año puse frente al árbol una mesita muy chiquita y dos sillas de plástico compradas en el Carrefour en la época del 1 a 1, iluminadas por un velador. Prácticamente todos los días, entre las siete y media y las diez de la noche, me siento ahí sin el celular, solo -con un vaso de un vino de menos de seis mil pesos, uno de Pepsi Black o uno de soda Martínez- y me pregunto si vale la pena seguir haciendo Iceberg. Mis colegas en esta aventura se están enterando de esto junto con ustedes. En ese momento, de fondo, se escuchan apenas los autos que pasan por el Viaducto Avellaneda y un poco de la serie que Ligia, adentro de la casa, está viendo. Inhalo cuatro veces seguidas, exhalo cuatro. Repito esto cuatro veces, Por ahora la respuesta sigue siendo sí, sigamos.
