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Modo Avión | El desierto como sistema

Nueva edición de este newsletter en el que recordamos que las palabras no describen el mundo, sino que lo producen.

 |  Germán de los Santos  |  Modo avión

Quedarse con las palabras unos segundos para poder masticarlas en nuestra cabeza parece hoy una necesidad, sin dejar de ser algo excéntrico. Releer a David Foster Wallace puede responder hoy a esa necesidad. En 1987, cuando tenía 24 años, Foster Wallace publicó su primera novela. Se llama La escoba del sistema y plantea una pregunta que en apariencia es filosófica pero que, leída desde la Argentina, resulta brutalmente política: ¿una escoba es el palo o la paja? La respuesta de Ludwig Wittgenstein —el filósofo que vertebra toda la novela— es que depende del uso, del contexto, del juego de lenguaje en el que la escoba participa. No hay esencia. Hay función. Las palabras no describen el mundo, sino que lo producen.

La protagonista del libro de Wallace, Lenore Beadsman, vive atrapada en esa perplejidad. No sabe si ella habla o si el lenguaje habla a través de ella. No sabe si sus decisiones son suyas o si son efectos del sistema en el que está inscripta. Su bisabuela, alumna directa de Wittgenstein en Cambridge, desaparece de un geriátrico al comienzo del relato y deja detrás una sospecha que ningún personaje logra resolver: que las personas no son más que funciones narrativas dentro de una trama que no controlan.

Cuando releo después de mucho tiempo este libro tengo la intuición —perturbadora en una novela de los años 80, genial en manos de Wallace— de que se ha convertido en la descripción más precisa del funcionamiento político argentino contemporáneo. Hay otra imagen en La escoba del sistema que merece atención particular. El gobernador de Ohio decide crear un desierto artificial enorme, el Gran Desierto de Ohio (G.D.O.), una nada planificada en el corazón del estado. No es un accidente geográfico: es un proyecto. El vacío como decisión política.

Pienso en la “motosierra”. En un primer nivel es una imagen brutal, casi paródica. Pero su eficacia no está en la brutalidad, sino en la simplificación, como lo es el desierto de Ohio: un instrumento que no distingue, que no discrimina entre lo que hay que podar y lo que hay que conservar. El lenguaje del gobierno no describe una política económica: la produce. No explica lo que va a hacer: lo performa. En la relectura, Wallace se cruza con Giuliano da Empoli. Parece una ensalada, pero no lo es.

En Los ingenieros del caos, este académico italiano describió con precisión el mecanismo que Wallace había intuido desde la ficción. Si en La escoba del sistema el lenguaje era el sistema que hablaba a través de los personajes, el libro de Da Empoli identifica a los operadores concretos que diseñan ese sistema: los estrategas políticos que aprendieron a usar los algoritmos de las redes sociales como máquinas de producción de realidad.

La tesis de Da Empoli es que el populismo contemporáneo no es un fenómeno ideológico sino tecnológico. No importa si el líder es de derecha o de izquierda, si está en Budapest o en Buenos Aires. Lo que importa es el mecanismo: la segmentación emocional del electorado, la viralización del resentimiento, la conversión del miedo y la rabia en engagement político. El algoritmo de las redes sociales —programado para ofrecer al usuario el contenido que lo atrape con mayor frecuencia y durante más tiempo— funciona exactamente como el sistema que atrapa a Lenore Beadsman: no necesita tu consentimiento para hablar a través de vos.

Lo que Da Empoli agregó en El mago del Kremlin es todavía más inquietante. Su personaje Vadim Baranov —el trasunto ficcional de Vladislav Surkov, el estratega de Putin— no se limita a manipular la información: crea realidades paralelas completas. Inventa partidos de oposición falsos. Diseña conflictos ficticios para administrar los reales. Y lo más perturbador: revela la manipulación como parte de la manipulación misma. Cuando los ciudadanos descubren que todo era una puesta en escena, el resultado no es la rebelión, sino la resignación. El cinismo se convierte en la forma más eficaz de control.

¿Por qué el lenguaje político puede operar en el vacío? ¿Qué pasó para que las palabras se desanclen de cualquier referencia moral compartida y funcionen como pura maquinaria de circulación?

Alec Ryrie ofrece una respuesta inquietante en La era de Hitler. Su tesis es que durante casi dos mil años la figura de Jesucristo funcionó como brújula ética de Occidente: un modelo de virtud que organizaba la distinción entre el bien y el mal. Después de la Segunda Guerra Mundial, ese marco simbólico fue reemplazado por otro: Hitler se convirtió en el emblema universal del mal absoluto. El antinazismo, dice Ryrie, pasó a funcionar como la verdadera religión secular de Occidente. Los derechos humanos, el consenso democrático, las instituciones multilaterales: todo se sostenía sobre la certeza compartida de que “eso” no debía repetirse.

El problema es que ese consenso se está desmoronando. Ryrie advierte que tanto sectores de derecha como de izquierda han empezado a desafiar los tabúes asociados al nazismo, a trivializar las comparaciones históricas, a usar el vocabulario del horror como moneda corriente del debate político. Cuando todo es fascismo, nada lo es. Cuando cualquier adversario es Hitler, Hitler deja de significar algo. La referencia moral absoluta se gasta por sobreuso hasta convertirse en ruido.

David Foster Wallace en 2006 / Fuente: Wikimedia Commons.

Es el punto donde la ensalada Ryrie se conecta con Wallace de un modo que ilumina a la Argentina. Si el marco moral de posguerra se disuelve, lo que queda no es una nueva ética sino un vacío que el lenguaje político puede llenar con cualquier cosa. “Las fuerzas del cielo” no es una metáfora religiosa convencional: es una pieza que ocupa el lugar que dejó vacante el colapso del consenso secular. Si ya no compartimos una referencia común sobre qué es el mal —si Hitler se volvió un meme y los derechos humanos una “ideología”—, entonces el espacio está libre para que cualquier narrativa lo colonice. El desierto de Ohio que Wallace imaginó en 1987 es también un desierto moral: una nada construida deliberadamente donde antes había un paisaje de sentidos compartidos.


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