Si eres bilardista, ¿cómo es que crees en la meritocracia?
Gastón Souroujon cambia la conversación y escarba en las profundidades del significado de la palabra mérito en relación con los liberalismos.
Desde su aparición en la escena pública, el presidente Javier Milei ha sostenido una constante práctica de autodefinición. Quizás su vertiginoso ascenso en la opinión pública y el hecho de no provenir de una identidad política tradicional lo ha obligado constantemente a decirnos quién es, qué es, cómo es: el General AnCap, el León, el anarco libertario en teoría, el topo del Estado, Aaron (¿quién quiere ser Aaron?, es como querer ser Art Garfunkel o Nito Mestre, en fin…) y bilardista. Para aquellos con espíritu borgeano que rehúyen del fútbol, el bilardismo defiende la premisa de que lo único que importa en la partida es el triunfo y, en consecuencia, toda estrategia debe perseguir esa meta en el seno de las reglas. Y, muchas veces, torciendo las reglas. Esto implica que el juego como espectáculo, como manifestación de la belleza, no sólo es secundario sino que es una variable menospreciada. Esta filosofía niega la existencia de los campeones morales, aquellos equipos que a pesar de haber perdido deberían haber merecido ganar dado el juego vistoso que desplegaban; la Naranja Mecánica holandesa de los años setenta constituye en este registro el ejemplo paradigmático. El bilardismo asume como ninguna otra filosofía el carácter trágico que anida tanto en el fútbol como en la vida misma: un sistema de reglas que no se orienta a generar resultados moralmente justos.

Para los que tengan paciencia con la lectura (son un par de párrafos nada más), en breve comentaremos cómo este espíritu bilardista del que hace gala Milei es totalmente coherente con sus supuestos liberales libertarios. Sin embargo, lo que genera estupor es la presencia de algunos streamers, legisladores y periodistas que se jactan de ser independientes (quizás sean de Independiente de Avellaneda y uno, como es un caballero del equipo de José, los trata de ignorar), que exteriorizan sin vergüenza que son liberales y por eso defienden la meritocracia. Lo que sería como afirmar: soy vegano ergo me como un choripán. En estos tiempos parecería que demandarles cierta pulcritud discursiva a estos actores constituye un acto de candidez, pero no debería ser así, por lo que acompáñenme y tratemos de mojarle un poco la oreja, aunque sea por diversión.
Let’s start at the very beginning, a very good place to start. La meritocracia como categoría es relativamente joven, aparece por primera vez en 1958 dando título a una distopía The rise of the meritocracy de Michael Young, compartiendo batea con Nosotros, 1984 y Un mundo feliz. Si bien en su infancia el vocablo tenía una acepción totalmente negativa, rápidamente en la década de los sesenta la meritocracia se transformó en un valor positivo, en un sueño a conseguir. Los responsables de esta metamorfosis son los pensadores neoconservadores, que buscaban dotar de una legitimidad moral a las desigualdades. La distribución de la riqueza que genera el capitalismo debe estar anclada en una idea de justicia inapelable y qué mejor que el mérito personal. Se puede criticar al feudalismo, al colonialismo, a la explotación, pero ¿quién se anima a criticar al mérito? Tal es así que rápidamente, durante el último cuarto del siglo XX (…y sin embargo Cambalache mío, a veces se te extraña), desde conservadores hasta progresistas compraban el paquete de la meritocracia y se iban sonriendo a gobernar.
Si escarbamos qué cosas se ocultan en las profundidades de la idea de mérito, lo primero a divisar es una dimensión moral, el merecimiento supone un individuo autónomo y racional, que solo es merecedor de las cosas por las cuales es moralmente responsable. En consecuencia, frases como Roberto se mereció ganar el Quini 6 son un contrasentido. Una sociedad justa para la perspectiva meritocrática sería aquella en la cual la distribución de riqueza y posiciones se asienta en el talento, trabajo, facultades y sacrificios personales. Es más, postula una suerte de relación intrínseca entre cualidades personales y posición socioeconómica. El lado oscuro de la luna es que aquellos que viven en situación precaria, que no llegan a fin de mes, que no pueden pagar los medicamentos, serían responsables moralmente de su situación: la pobreza es sinónimo de insuficiencia moral. De ahí las frases que escuchamos en la mesa del café de al lado y, a veces, en la nuestra: son todos vagos, no quieren trabajar, etc. etc.
Lo segundo que se contempla es que la meritocracia, como principio de legitimación de las desigualdades, implica que las posiciones y recompensas sólo cobran sentido en tanto al otro se le niegue. Pertenecer tiene sus privilegios, como nos asegura una famosa tarjeta de crédito, pero en tanto otros no pertenezcan. Si a todos se les entrega el premio Nobel, este pierde sentido. Si todos pueden manejar un Mercedes Benz, este deja de ser un Mercedes Benz. Los que se sitúan arriba necesitan que alguien se encuentre por debajo para que sus posesiones y posiciones cobren valor.

Ya con las cartas sobre la mesa deberíamos decir que la gran familia liberal contemporánea es crítica de la meritocracia. Al hablar de la familia liberal debemos admitir que hay dos grandes ramas, hijas del mismo padre, pero de distinta madre, convencidas cada una de ser la heredera legítima, en tanto su hermanastra es una maldita bastarda. Para simplificar podemos hablar de un liberalismo de derecha, en donde conviven minarquistas, anarcolibertarios, neoliberales, old whigs, que ve a su pariente como el caballo de Troya del stalinismo. Y un liberalismo progresista, en el que anidan igualitaristas, liberal socialistas, comunitaristas liberales, que ve a su consanguíneo como un viejo reaccionario. Es factible leer la historia de la humanidad a partir de la idea de fratricidios, en la biblioteca de la historia pareciera que no está el Martín Fierro: Caín y Abel, Rómulo y Remo, Michael y Fredo Corleone, Liam y Noel Gallagher, Alberto y Adolfo Rodríguez Saá. Socialistas no escupan para arriba que esta tensión fratricida no es exclusiva del liberalismo, recuerden que la promiscuidad de su padre engendró más hijos que Jacob (hoy estamos muy bíblicos) que nunca pueden compartir la fiesta en paz.
Por razones diversas, el liberalismo de derecha es antimeritocrático, uno de sus próceres, Friedrich Hayek, advertía el error que supone pensar la distribución del mercado en términos de justicia. El mercado no es ni justo ni injusto, pues no hay un ente superior responsable de sus resultados, al igual que el fútbol (siempre y cuando los árbitros no reciban un llamado previo de Mister Tapia). Elevar al mérito como eje explicativo de la distribución tiende a otorgar al mercado una pretensión de justicia moral que no tiene, este, para Hayek, se estructura sobre resultados, no sobre merecimientos. Por lo que implantar una distribución basada en méritos morales en el mercado sería igual de absurdo que realizar un campeonato de fútbol donde el ganador no sea el que más partidos ganó, sino el que tiró más rabonas. La confusión, nos recuerda Hayek, se origina en la incapacidad de distinguir valor de mérito, en tanto el primero se relaciona con el resultado objetivo, es la recompensa a los bienes y servicios en el mercado, el segundo es considerado como el esfuerzo subjetivo, es el proceso por conseguir un resultado valioso. Evidentemente no hay una correlación directa entre ambos, valor y mérito muchas veces se encuentran en veredas opuestas. El resultado valioso puede ser totalmente accidental y muchas veces el sacrificio puede no generar los resultados deseados. Es meritorio el esfuerzo de un pastelero que está 10 horas para finalizar una torta, pero si la pastelería de al lado logra un producto similar en 30 minutos (y en consecuencia a menor precio) el mercado premiará a esta última y, como dice El doctor Bilardo: El segundo es el primero de los perdedores. Murray Rothbard, el dios que despertó a Milei de su sueño dogmático, y Robert Nozick, también criticarán a la meritocracia por ser un sistema pautado de distribución que obligaría al Estado a intervenir periódicamente. Pero dejemos esta rama de la familia para pasar rápidamente a la otra.
Si la lectura de los liberales de derecha le responde a estos streamers, legisladores, periodistas, que no se puede ser meritocrático y liberal bilardista (ha aparecido un nuevo hermano) al mismo tiempo. Los liberales igualitaristas, el principal John Rawls, nos advierten que el problema del mérito no es la irrelevancia moral de la distribución en el mercado, sino que el mérito es insuficientemente moral. El mérito no puede ser el criterio que signe la distribución, pues nadie es moralmente responsable del talento, las habilidades e incluso de la capacidad de esfuerzo que tiene, todo esto depende de factores ajenos al arbitrio del sujeto. La distribución de estos bienes responde a una especie de gran lotería universal, al que le toca, le toca, la suerte es loca, y esta locura no puede ser fundamento moral de las desigualdades. Vivimos en el cuento borgeano La lotería en Babilonia, “…en un infinito juego de azares”. Messi no es moralmente responsable de su talento. No podemos decir: Messi se merece jugar como juega, luego tampoco Messi merece cobrar más dinero que Ariel Garcé (¿y los alfajores?). Qué responsabilidad tiene Sir Paul si las musas le regalan en un sueño Yesterday y otros se despiertan cantando que tienen un tractor amarillo.
Pero señores streamers, legisladores y periodistas, vamos a sincerarnos por favor, el factor azaroso que más influye en las desigualdades, no es el talento, el esfuerzo o la imaginación, por más que a ustedes les encanten esas historias de mendigo a millonario (Dan Aykroyd, me pongo de pie), sino la familia, nadie es responsable de nacer donde nace. Con la leche templada no solo se transmiten las frustraciones sino también la riqueza. Gran parte de los Rico McPato del mundo son más similares a Ricardo Fort que a Jan Koum. Thomas Piketty señala bien que después de Les Trente Glorieuses, el factor hereditario volvió a tener una incidencia cada vez mayor en la acumulación de capital, hasta niveles que se acercan a los del siglo XIX. Incluso la postura de Bill Gates, Sting y otros de no dejar su riqueza a sus hijos no deja de ser un trozo de madera en el Titanic. Sus hijos ya han heredado no sólo el milagro del pan y los peces dos veces por día, que no es poco, sino un capital simbólico que les da una ventaja sideral sobre cualquier hijo de vecino. Por eso cada vez que los bilardistas hablan de meritocracia, yo sigo con mi costumbre de reapropiarme del poeta andaluz y cambio de conversación.